Aldea Global

Por Gustavo Girado

La guerra comercial entre China y Estados Unidos recién está comenzando

(Por Gustavo Girado (Especial para Motor Económico)) La política comercial del Ejecutivo norteamericano no debería sorprender, al menos no tanto, en la medida que se recuerden las promesas preelectorales del actual presidente Trump cuando hablaba de desmantelar décadas de política comercial cuyos resultados no habrían sido convenientes para su país, sino que solamente fueron útiles para que otras economías se aprovechasen del esfuerzo del pueblo norteamericano, cuya consecuencia fue la pérdida de millones de empleos -especialmente en el sector manufacturero- y del liderazgo tecnológico. Sostenía que China (entendida como una entidad homogénea) les arrebataba los empleos y el conocimiento, que el TLC con Canadá y México fue muy mal negociado y debía revisarse, que el TPP había sido mal concebido y por inconveniente debía ser dejado de lado, que las resoluciones de la OMC los perjudicaba, etc. En suma, que el malestar y los pesares de la población de su país tienen origen en su relación con el resto del mundo mal gestionada por las administraciones anteriores, y en esa línea política es que trabaja ferozmente desde que asumiera.

Desde entonces, y con ese diagnóstico en la mano, ejecutó velozmente una política que le abre a EE.UU. varios frentes de batalla comercial simultáneamente. Esas peleas escalaron principalmente con China, quien parece ser el destinatario principal de sus diatribas, ya que con otros socios comerciales (Argentina incluida, aunque insignificante en términos relativos) las decisiones de Trump han sido … inestables (si se me permite). Comenzando con mayores aranceles a paneles solares y lavarropas allá por enero de este año, continuando con las importaciones de hierro y acero (en todos los casos, de diversos orígenes), las discusiones escalaron y las respuestas no se hicieron esperar. Con China se realizaron dos importantísimos encuentros (uno en cada país) al máximo nivel institucional de sus funcionarios. Al finalizar, Beijing acordó comprar miles de millones de dólares más de productos estadounidenses, lo que no fue suficiente para apaciguar a Trump, que entonces anunció el 25% de los aranceles sobre $ 34 mil millones de importaciones chinas, en vigencia desde el próximo 6 de julio (con aranceles para otros us$ 16 mil millones bajo revisión).

Pero no solamente China padece comercialmente a la administración norteamericana: en este momento (junio 2018) la UE se apresta a imponer aranceles sobre importaciones norteamericanas de aproximadamente us$ 3.400 millones, que van desde whisky y motocicletas, hasta maní y arándanos, mientras que Turquía y la India han hecho lo propio con otros productos, que van desde los automóviles hasta el arroz. La comisionada comercial Malmstrom informó que la UE había puesto el foco en perjudicar el ingreso de productos norteamericanos emblemáticos, como las motos Harley-Davidson y el bourbon, para presionar al gobierno estadounidense.

Lo interesante es el parecido que tiene la respuesta de la UE a las que lleva adelante China.

Digo esto en virtud de las políticas que pueden distinguirse como respuestas china, ante la escalada de trabas, solicitud de sanciones y diversas presiones que lleva adelante el gobierno norteamericano. En un principio, pareciera que la respuesta arancelaria china a las iniciativas comerciales de EE.UU. no fuesen equivalentes, pues hasta aquí las importaciones a afectar por parte de los chinos son por un monto mucho menor a los enunciados por Trump. Sin embargo, propongo evaluar tres aspectos de aquellas decisiones.

En primer lugar, China parece estar definiendo afectar productos que, con origen en EE.UU., tengan a China como principal mercado, o sea aquellos para los cuales China sea un destino muy importante para el monto total de las exportaciones norteamericanas. De esa manera, aunque el monto de compras chino sea pequeño, lo que importa es en cuánto afectará a la economía de EE.UU., y al sector de marras, la caída de esas exportaciones. Desde China, se analiza el daño potencial a provocar en el mercado de origen (EE.UU., en este caso).

En segundo lugar, me parece que China trata de afectar productos para los cuales sabe que puede encontrar otro/s proveedor/es con cierta rapidez. En definitiva, se trata de afectar productos con origen en EE.UU. para los cuales China tiene identificados otros proveedores, sustitutos, capaces de venderles productos equivalentes que, si no son el mismo, cumplan con los mismos requerimientos (léase soja, carne de cerdo, etanol).

Finalmente, China parece evaluar el origen de esas exportaciones norteamericanas: tiene predilección por afectar a aquellas provenientes de lugares en los cuales Trump obtuvo su mayor ventaja en los comicios. Allí donde es políticamente más fuerte. Con esa acción, China se aseguraría unos cuantos llamados telefónicos de parte de los acaudalados votantes del medio oeste de su país, reclamándole que revea las medidas comerciales tomadas y/o a tomar con China. Es una apuesta China al malestar interno en la política en norteamérica. Como dijimos, en semanas EE.UU. impondría (en potencial) aquellos aranceles sobre us$ 34.000 millones, mientras que Beijing prometió tomar represalias con el aumento de sus aranceles a la soja y otros productos agropecuarios de EE.UU. para castigar -y aquí no cabe duda- directamente a los simpatizantes del presidente Donald Trump en zonas rurales.

La acción norteamericana fue lanzada como resultado de la llamada investigación de la Sección 301 este año, que acusó a los chinos de robar la propiedad intelectual en tecnología avanzada, y Trump fue explícito al vincular las tarifas con las que llaman "prácticas económicas desleales" que ponen en jaque el liderazgo tecnológico de EE.UU. en ciertos segmentos intensivos en conocimiento, lo que es, en definitiva, la pelea de fondo de todas estas diatribas comerciales. Según fuentes chinas, en un enfoque alternativo los chinos podrían elegir la guerra de guerrillas utilizando inspecciones de seguridad, demoras en las aprobaciones y boicots no oficiales (pero estrechamente gestionados por el Estado) de los consumidores chinos.

Hay indicios acerca de que esta pelea comercial está comenzando y no todo son gritos altisonantes para generar respuestas políticas convenientes y volcar voluntades en beneficio propio. El Banco Central de China estaría liberando us$ 100 mil millones en fondos a medida que se cierne la guerra comercial, reduciendo el encaje para impulsar el apoyo a las pequeñas empresas y las empresas estatales en problemas. El banco lo habría decidido recientemente (el 24/06) para que los prestamistas rescaten empresas estatales en problemas y también ayuden a las PyMEs, mientras Beijing intenta apuntalar el crecimiento bajo la sombra de la guerra comercial.

  • Magister. Director – Estudios en China Contemporánea, Universidad Nacional de Lanús (UNLa)

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